Ni amor, ni odio, a veces ni respeto,
a veces ni relación.
Un contigo no vivo, un sin mí no existes,
un querer tocarte y vivirte,
un no sé qué de algo,
que no se explica.
Poder compartirte siendo mío,
casi más mío
que cuando solo yo te tengo.
Llegas a poseerme.
Llegas a ser más yo que yo,
aunque en realidad sin mí
no eres nada.
A veces te busco y no te encuentro,
estás donde siempre
y no estás,
¿o me he ido yo?
Me desnudaste de improviso,
a traición,
pero, ¿había ropa?
Y en tu busca me di un coscorrón,
dos, tres,
media docena.
El día que dejé de buscarte,
de querer ser más tú
que tú mismo,
te volví a ver.
Y ahora te intento conocer,
poco a poco, sin prisa,
oyéndote hablar por primera vez.
Palabras sobre papel que una ráfaga de aire se llevó (o se llevará), pues el camino natural de las palabras es el viento...
lunes, 11 de noviembre de 2013
martes, 10 de septiembre de 2013
El paraguas de colores
Llovía a cántaros. El problema
es que acababa de perder su elegante y caro paraguas, de
talle elegante y fácil apertura, y el único que encontró fue el que su sobrina
se había dejado olvidado la noche anterior, de todos los colores del arco iris. El dilema acabó con la decisión de que, entre su dignidad como jefe de sección
y su traje nuevo, no pasaba nada por aguantar unos cuantos chistes en la
oficina. Y desde luego los colores del paraguas cumplieron a la perfección con
las jocosas expectativas, todo unido a que se derramó el café por la mañana y
tropezó con su propia silla, lo cual le había hecho viajar en el tiempo, al
patio del colegio y a sus gafas, y a ese niño torpe que aquel día había
vuelto a hacer de las suyas.
Chapoteando entre los charcos de
la calle, Juan volvía a casa malhumorado. De repente, notó como si una fuerza
se apoderara del colorido paraguas. Empezó a escuchar una melodía tenue que le
hizo olvidar la lluvia que caía con fuerza en aquel instante; una sensación
cálida iba abriéndose camino en su pecho, y la melodía fue perfilándose como la
canción que su querida yaya le cantaba al ir a dormir. No sabía por qué, pero
en esa dulce atmósfera recordó algo que le había dicho su hermana. Ella era
enfermera en el hospital y le comentó que los miércoles había un taller de
cuentacuentos en la planta de pediatría. En ese momento sus pasos le encaminaron
hacia allí. Cuando llegó, su hermana le recibió muy sorprendida: “Pero si a ti
no te gustan los niños” le dijo. Pero ese día era diferente.
Armado con su paraguas
multicolor, hizo volar con las alas de
la imaginación a aquellos niños, que vivieron mil aventuras. No se reconocía
mientras el paraguas tomaba otra forma y se convertía en la más colorida
serpiente del Circo Mundial, que un día escapó y se hizo amiga del
Pamplinoplas. Tampoco en las lluvias de gominolas del Mundo de las Hadas, ni en
la increíble historia de doña Caracola, la más risueña brujita de Transilvania.
Llegó la hora de irse. Seguía envuelto en la melodía de su
infancia y cuando, al llegar a casa, dejó el paraguas de colores en el
paragüero y se acostó, una sonrisa adornaba le adornaba el rostro.
lunes, 20 de agosto de 2012
Miradas
Todavía no se había normalizado su respiración. Entró
al vagón… Notaba cómo las miradas se posaban en él… Pero no era posible, había
limpiado la sangre de sus manos. Y, sin embargo,
la mirada azul de la chica que mascaba chicle, del señor con el mono gris,
hasta aquella mujer con el cochecito de bebé… todos ellos lo sabían, clavando
los ojos en sus pupilas; la agitación de su ser empezaba a ser insoportable…
cuando llegó a la parada, sus pasos le encaminaron a la comisaría, el
remordimiento agitado a través de las miradas de aquel viaje…
sábado, 18 de agosto de 2012
Tren destino Soria
Después de tantos años, todavía se acuerda de lo que sintió
al ver acercarse aquel trenecito, tan diferente a los Cercanías a los que
estaba acostumbrada. Subió, inquieta, pues no conocía bien su próximo destino. Los
nombres de los diferentes pueblos, Coscurita, Tardelcuende, la imponente
Sigüenza, con su perfil medieval… la llevaban a la gran desconocida. Entre
pinares y traqueteos de tren, Soria llegó, con sus gentes, tan aventureras y a
la vez tan ancladas en el pasado, con el romanticismo de sus antiguos
caserones, con su encanto, que te atrapa y ya no te suelta…
martes, 31 de julio de 2012
Verdad, mentira.
Es una cama muy cómoda. Aunque creo que idealizo sus propiedades cuando me encuentro en el séptimo sueño. El terrible despertador me ha arrebatado de un timbrazo esa vida en paralelo, ese ratito onírico que te permite aguantar las vivencias de cada día, de las cosas de verdad...
Hace unos cuantos miles de años, un tal Heráclito afirmaba "todo fluye, somos y no somos". Esta frase se puede pensar desde diferentes perspectivas. En realidad, cada día puede ser una distinta, y no nos equivocaríamos. La única verdad es que todavía no sabemos para qué estamos en este mundo, ni tampoco por qué se nos ha concedido la conciencia y la inteligencia, si, después de cientos de miles de años de evolución y de inventos increíbles y maravillosos, no hemos conseguido dar con la única verdad terrible, la de que va a llegar el día en que no seamos más que pasto de los gusanos. Nos esmeramos en encontrar un sentido para nuestra existencia en este globo de color azul, entregando nuestras horas a un sueño, nuestras lágrimas a un imposible y nuestras sonrisas a un momento. Y pensamos que la suma de estos movimientos van a conseguir que cuando nos encontremos cara a cara con la inexorable, daremos ese paso con la conciencia tranquila, puesto que nuestros días han estado repletos de contenido, de vida.
Somos, y no somos... pero realmente, ¿hemos descubierto quiénes somos? Esta frase es la verdad pura. Todo puede cambiar en un momento dado, en el que las verdades indiscutibles que describen tus actos se desmoronan, y te encuentras desnuda, desamparada y sintiendo la cruda realidad atravesando como un cuchillo frío tu cuerpo. ¿Qué es la verdad? Probablemente hay tantas verdades como personas pueblan este planeta, y seguramente todas sean mentira. Cada sociedad en la historia ha sido una serie de mentiras ordenadas de tal modo que parecen una indiscutible verdad, y que nos permiten dormir tranquilos por las noches, y realizar en esta cómoda mentira nuestro ciclo vital, dejando escapar los minutos hasta que ya no nos queda más tiempo.
Hace unos cuantos miles de años, un tal Heráclito afirmaba "todo fluye, somos y no somos". Esta frase se puede pensar desde diferentes perspectivas. En realidad, cada día puede ser una distinta, y no nos equivocaríamos. La única verdad es que todavía no sabemos para qué estamos en este mundo, ni tampoco por qué se nos ha concedido la conciencia y la inteligencia, si, después de cientos de miles de años de evolución y de inventos increíbles y maravillosos, no hemos conseguido dar con la única verdad terrible, la de que va a llegar el día en que no seamos más que pasto de los gusanos. Nos esmeramos en encontrar un sentido para nuestra existencia en este globo de color azul, entregando nuestras horas a un sueño, nuestras lágrimas a un imposible y nuestras sonrisas a un momento. Y pensamos que la suma de estos movimientos van a conseguir que cuando nos encontremos cara a cara con la inexorable, daremos ese paso con la conciencia tranquila, puesto que nuestros días han estado repletos de contenido, de vida.
Somos, y no somos... pero realmente, ¿hemos descubierto quiénes somos? Esta frase es la verdad pura. Todo puede cambiar en un momento dado, en el que las verdades indiscutibles que describen tus actos se desmoronan, y te encuentras desnuda, desamparada y sintiendo la cruda realidad atravesando como un cuchillo frío tu cuerpo. ¿Qué es la verdad? Probablemente hay tantas verdades como personas pueblan este planeta, y seguramente todas sean mentira. Cada sociedad en la historia ha sido una serie de mentiras ordenadas de tal modo que parecen una indiscutible verdad, y que nos permiten dormir tranquilos por las noches, y realizar en esta cómoda mentira nuestro ciclo vital, dejando escapar los minutos hasta que ya no nos queda más tiempo.
lunes, 30 de julio de 2012
Adiós mi desamor...
El problema se encuentra en las vanas ilusiones, en pensar que la felicidad reside en un abrazo, en un beso...
Yo era una chica bastante normal, salvando las distancias. Siempre intentaba ser buena persona, reírme a carcajadas una vez cada dos días, algo indispensable para el equilibrio existente entre el cuerpo y la mente, soñar despierta era y sigue siendo una de mis aficiones habituales, andar pensando en la Luna, mirar a la Luna por las noches imaginando y reviviendo caminos andados, esforzarme en los estudios cuando la ocasión lo requería, y dejar pasar los minutos en mi pequeño universo de cosas pasajeras, y que tan eternas nos parecen cuando las vivimos.
Sin embargo, un día mi corazón dio un vuelco y dejó de latir a un ritmo constante. Un chico apareció, y su nombre se escribió con letras mayúsculas en mi pecho, impidiendo al resto de los órganos actuar con libertad. Empezó tomando forma en algún resquicio traidor de mi soñadora mente, y poco a poco fue adueñándose de mi débil cuerpo, hasta invadir toda mi persona, que ha vivido hasta entonces intentando huir de tan incómodo visitante.
Porque él no siente lo mismo. Supongo que es injusto, un sentimiento que se ha convertido en el motor de toda tu existencia y que sólo ha entrado en tu interior para oprimirte, para tenerte atrapada entre sus fauces como si de un Cancerbero se tratara. Algo que podría ser tan hermoso, se ha convertido en una plaga que ha invadido tu interior, y que sientes en tu pecho extendiendo la tristeza, que sale a borbotones a través de las lágrimas de tus ojos.
Pero hay que seguir. El camino vendrá con más sorpresas, y, dado que la Fe mueve montañas, habrá que trabajar mucho esa fe para escalar este bache tan molesto...
Pero lo conseguiré.
Yo era una chica bastante normal, salvando las distancias. Siempre intentaba ser buena persona, reírme a carcajadas una vez cada dos días, algo indispensable para el equilibrio existente entre el cuerpo y la mente, soñar despierta era y sigue siendo una de mis aficiones habituales, andar pensando en la Luna, mirar a la Luna por las noches imaginando y reviviendo caminos andados, esforzarme en los estudios cuando la ocasión lo requería, y dejar pasar los minutos en mi pequeño universo de cosas pasajeras, y que tan eternas nos parecen cuando las vivimos.
Sin embargo, un día mi corazón dio un vuelco y dejó de latir a un ritmo constante. Un chico apareció, y su nombre se escribió con letras mayúsculas en mi pecho, impidiendo al resto de los órganos actuar con libertad. Empezó tomando forma en algún resquicio traidor de mi soñadora mente, y poco a poco fue adueñándose de mi débil cuerpo, hasta invadir toda mi persona, que ha vivido hasta entonces intentando huir de tan incómodo visitante.
Porque él no siente lo mismo. Supongo que es injusto, un sentimiento que se ha convertido en el motor de toda tu existencia y que sólo ha entrado en tu interior para oprimirte, para tenerte atrapada entre sus fauces como si de un Cancerbero se tratara. Algo que podría ser tan hermoso, se ha convertido en una plaga que ha invadido tu interior, y que sientes en tu pecho extendiendo la tristeza, que sale a borbotones a través de las lágrimas de tus ojos.
Pero hay que seguir. El camino vendrá con más sorpresas, y, dado que la Fe mueve montañas, habrá que trabajar mucho esa fe para escalar este bache tan molesto...
Pero lo conseguiré.
viernes, 13 de julio de 2012
Adiós Sol, gracias por todo...
El otro día fui a montar en bici. Si viviera en una ciudad como Alcalá de Henares, la cual está muy cerca de este lugar, hubiera sido un ejercicio de alto riesgo para mi integridad física, dado que una de las muchas mentiras de su gran alcalde fue la del carril-bici que no existe. Uno de los numerosos casos que se han dado en esta bonita piel de toro llamada España, de donde son mis antepasados, por lo menos los inmediatamente recientes (y con esta expresión me refiero a 200 años atrás, etapa ridícula comparada con los muchos más años de existencia de este planeta, pero por lo que ya tengo que levantar la voz con orgullo y defender mi españolidad, otro invento humano, mucho más antiguo y complejo).
Pues no montaba en Alcalá. El final de mi calle es un campo de trigo, de hecho es un campo conocido como El Trigal, nombre muy apropiado por cierto. De allí parten una serie de planicies donde hay diferentes caminos, que serpentean entre olivares, y un monte con pinos desde donde se ven las majestuosas montañas a lo lejos, y todo Madrid, con su perfil amenizado con torres que se empeñan en tocar el cielo. De hecho, en la cima dislumbramos a lo lejos hasta Guadalajara.
Pero de lo que yo quería hablar era, en realidad, de la puesta de Sol que pude ver. Es curioso, me encantan. Me podría gastar cientos de miles de euros en Spas, en fiestas y en cosas asombrosas (si los tuviera, por supuesto), y sé que nada igualaría a esos momentos que se me regalan día tras día. Siempre intento pararme a ver los dibujos que hacen las nubes, que juegan allá arriba con colores impensables. Sólo hay que mirar al cielo, y disfrutar con el maravilloso cuadro que se nos presenta, y que ningún artista humano podrá igualar. Pero ese momento fue especial. Había sido un día duro, muchas decisiones difíciles y desencanto, que se esparcía desde mi alma hacia todos los poros de mi piel, para salir a bocanadas en lágrimas de desilusión.
Cogí mi bici y me perdí entre aquellos árboles retorcidos, entre el trigo amarillento y las tenues colinas amarronadas. Subí al monte. En la cima, me sorprendió una luz dorada que me envolvía. Bajé de la bici, y con el perfil de la inquieta Madrid como fondo el Sol se fue despidiendo poco a poco, llevándose consigo todas mis preocupaciones, que tanto me hacen sufrir. El color del atardecer, que envuelve con su luz especial cuanto toca, se había apoderado ya de todo mi entorno, introduciéndome en una atmósfera especial. Poco a poco fue tornándose anaranjada, mientras algunas nubes alargadas hacían acto de presencia y rallaban el astro brillante, que se despedía entre morados y rojizos.
Cuando volví, en el fondo de mi ser, e iluminando mi senda, se encontraban todos esos colores apaciguando las circunstancias que se presentaban, dándoles una nueva forma forma, haciéndolas posibles, dándome fuerza, formando parte de mí.
Pues no montaba en Alcalá. El final de mi calle es un campo de trigo, de hecho es un campo conocido como El Trigal, nombre muy apropiado por cierto. De allí parten una serie de planicies donde hay diferentes caminos, que serpentean entre olivares, y un monte con pinos desde donde se ven las majestuosas montañas a lo lejos, y todo Madrid, con su perfil amenizado con torres que se empeñan en tocar el cielo. De hecho, en la cima dislumbramos a lo lejos hasta Guadalajara.
Pero de lo que yo quería hablar era, en realidad, de la puesta de Sol que pude ver. Es curioso, me encantan. Me podría gastar cientos de miles de euros en Spas, en fiestas y en cosas asombrosas (si los tuviera, por supuesto), y sé que nada igualaría a esos momentos que se me regalan día tras día. Siempre intento pararme a ver los dibujos que hacen las nubes, que juegan allá arriba con colores impensables. Sólo hay que mirar al cielo, y disfrutar con el maravilloso cuadro que se nos presenta, y que ningún artista humano podrá igualar. Pero ese momento fue especial. Había sido un día duro, muchas decisiones difíciles y desencanto, que se esparcía desde mi alma hacia todos los poros de mi piel, para salir a bocanadas en lágrimas de desilusión.
Cogí mi bici y me perdí entre aquellos árboles retorcidos, entre el trigo amarillento y las tenues colinas amarronadas. Subí al monte. En la cima, me sorprendió una luz dorada que me envolvía. Bajé de la bici, y con el perfil de la inquieta Madrid como fondo el Sol se fue despidiendo poco a poco, llevándose consigo todas mis preocupaciones, que tanto me hacen sufrir. El color del atardecer, que envuelve con su luz especial cuanto toca, se había apoderado ya de todo mi entorno, introduciéndome en una atmósfera especial. Poco a poco fue tornándose anaranjada, mientras algunas nubes alargadas hacían acto de presencia y rallaban el astro brillante, que se despedía entre morados y rojizos.
Cuando volví, en el fondo de mi ser, e iluminando mi senda, se encontraban todos esos colores apaciguando las circunstancias que se presentaban, dándoles una nueva forma forma, haciéndolas posibles, dándome fuerza, formando parte de mí.
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